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    DE ASUNTOS PÚBLICOS ARGENTINA

    El cortoplacismo que condiciona

    La realidad electoral de Argentina refleja el estado de ánimo de los argentinos. O sea, la poca confianza que hay en los líderes “tradicionales” de la política hace que muchos espacios busquen dirigentes que no vienen precisamente de la política. El ejemplo más claro es el propio Presidente Mauricio Macri, que hasta hace poco más de quince años era sólo un exitoso empresario gestionando un club de fútbol (sin ánimo de ser peyorativo). Sin embargo esto es un síntoma estructural de larga data y no propio de un solo gobierno.

    El año 2017 no es tan distinto a otros en ese sentido, aunque se nota con mucho más énfasis esa necesidad de salir a buscar “soluciones por afuera”. Claramente, la dirigencia política tiene un gran problema de identidad. No parece ser capaz de dar respuestas con los recursos “propios”. Inclusive, existen candidatos que se mudan de distritos para ser más competitivos o por falta de representantes. Pero el sistema electoral en general está sufriendo también.

    Las PASO, elecciones de las cuales ya hemos hablado, son un instrumento que supuestamente debería dirimir candidaturas. Decimos supuestamente porque no está cumpliendo con aquel cometido. Más allá de las disputas de poder, muy pocas fuerzas permiten elegir a sus candidatos por medio de esta herramienta. Entonces, el instrumento que, teóricamente, serviría para dotar de mayor transparencia a un sistema de gobierno como el democrático, todavía tiene mucho por crecer en estas tierras y por ahora no demuestra estar a la altura de las circunstancias. Por eso muchos sospechan que estas internas en realidad son una buena excusa para hacerse de fondos públicos (porque la ley establece presupuestos que el mismo Estado avala para las campañas) y una pérdida de tiempo para los electores que se encuentran presos de un sistema no muy consolidado.

    Además, los partidos políticos, como tales, también están en crisis. A nivel mundial los sellos partidarios carecen de legitimidad ya que cada vez son menos trascendentes para soportar a sus afiliados. Como dicen algunos consultores especializados: “…a la gente poco le importan los sellos y por eso hay que individualizar cada vez más la comunicación con el electorado”. Esto genera entonces, que en lugar de partidos se abran frentes electorales, dinámicos y de fácil armado (y desarmado) que son funcionales a los intereses del momento de quienes los lideran. Lo que sirvió para gobernar en una época ahora queda obsoleto. El Frente para la Victoria (FpV) podría dar lugar a esta apreciación.

    En Argentina, tanto la oposición como el oficialismo juegan a las escondidas. Ambos representados, justamente, en dos frentes y no en partidos (Cambiemos y el flamante Frente Unidad Ciudadana). “Hasta que el otro no tire el nombre de su candidato, yo no voy a decir el mío”. Por momentos parecen esos partidos de fútbol donde el local no quiere salir a la cancha hasta que el rival no pise primero el terreno de juego. En fútbol se lo define como una cábala. En política es una mera actitud especulativa como si eso realmente se pudiese capitalizar después. Al momento del sufragio, éste vale lo mismo para todos.

    Pero en definitiva estamos hablando de necesidades de corto plazo. Todos necesitan ganar las elecciones para poder proyectarse. La vorágine de la política lleva a propios y extraños a convencerse que hay que ganar la elección antes que nada. Pero si cada dos años tenemos elecciones, ¿en qué momento nos vamos a detener a pensar un país a largo plazo?

    El mayor desafío que tiene la actual gestión de gobierno, la nacional sobre todo, radica en saber comandar una dirigencia política que garantice la transición generacional hacia nuevas clases dirigenciales, las que gobernarán el país en los próximos años. Y esto incluye no sólo a la clase política, sino también a la empresarial, sindical, a los distintos actores sociales, a la Iglesia entre muchos otros. En concreto, a la ciudadanía de la renovada década del ’20.